La visita del Papa al Ecuador
Francisco en Ecuador aseguró, públicamente al presidente Rafael Correa, el compromiso y la colaboración de la Iglesia en la labor de ayudar a los más n
ecesitados del pueblo ecuatoriano, que se han puesto de pie con dignidad para que los logros en progreso y desarrollo que se están consiguiendo garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles y en las minorías más vulnerables.
ecesitados del pueblo ecuatoriano, que se han puesto de pie con dignidad para que los logros en progreso y desarrollo que se están consiguiendo garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles y en las minorías más vulnerables.
Y a demás, instó a fomentar el diálogo, valorar las diferencias y expandir el progreso a los sectores más necesitados.
Colaboración y pedido al presidente Correa totalmente diferentes a las aspiraciones de la oposición que protestó, con marchas públicas en los días previos a la llegada del Papa Jorge Mario Bergoglio.
Considerando que el Ecuador es un Estado Laico, o sea, separado de la influencia de cualquier iglesia, podemos hacer de su gentil visita y colaboración una ocasión propicia para consolidar, a las propuestas del gobierno y a las contrariedades de la oposición, en solución al problema que divide a los ecuatorianos.
Lo más destacado resultó la sugerencia de la aplicación de los valores sociales esenciales: la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad.
Para un mejor entendimiento de estos valores sociales me he valido de las enseñanzas Bíblicas antes de entrar a leer el texto completo:
La gratuidad. Mt. 18,26-28.
Entonces el siervo cayó postrado ante él, diciendo: ``Ten paciencia
conmigo y todo te lo pagaré. Y el señor de aquel siervo tuvo compasión, y lo soltó y le perdonó la
deuda. Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le
debía cien denarios, y echándole mano, lo ahogaba,
diciendo: ``Paga lo que debes.…
La solidaridad. 1 Jn. 4,20-21.
"Si uno
dice: «Yo amo a Dios», y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Pues este es el mandamiento que recibimos de él: el que ama a Dios, ame también a su hermano."
Pues este es el mandamiento que recibimos de él: el que ama a Dios, ame también a su hermano."
La subsidiariedad. Ef. 4,4-7.
Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. Pero cada uno de nosotros tiene los dones que Cristo le ha querido dar.
Para una mejor comprensión de la aplicación de este
principio de La subsidiariedad aplicado políticamente y tomando como ejemplo
al Estado y a los Municipios, significa que el Estado tiene que dejar hacer al Municipio todo lo que puede hacer.
Lea el texto completo de la intervención del
Papa:
(al final esta la dirección del video)
Queridos amigos:
Buenas tardes y perdonen si me pongo de costado,
pero necesito la luz sobre el papel. No veo bien. Me alegra poder estar con
ustedes, hombres y mujeres que representan y dinamizan la vida social, política
y económica del País.
Justo antes de entrar en la Iglesia, el Señor
Alcalde me ha entregado las llaves de la ciudad. Así puedo decir que aquí, en
San Francisco de Quito, soy de casa. Ese símbolo que es muestra de confianza y
cariño, al abrirme las puertas, me permite presentarles algunas claves de la
convivencia ciudadana a partir de este ser de casa, es decir a partir de la
experiencia de la vida familiar.
Nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada
grupo social, se siente verdaderamente de casa. En una familia, los padres, los
abuelos, los hijos son de casa; ninguno está excluido. Si uno tiene una
dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su
ayuda, lo apoyan; su dolor es de todos. Me viene a la mente la imagen de esas
madres, esposas. Las he visto en Buenos Aires haciendo colas los días de visita
para entrar a la cárcel, para ver a su hijo o a su esposo que no se portó bien,
por decirlo en lenguaje sencillo, pero no los dejan porque siguen siendo de
casa. Cómo nos enseñan esas mujeres. En la sociedad, ¿no debería suceder
también lo mismo?
Y, sin embargo, nuestras relaciones sociales o
el juego político en el sentido más amplio de la palabra –no olvidemos que la
política, decía el Beato Pablo VI es una de las formas más altas de la caridad–
muchas veces este actuar nuestro se basa en la confrontación, que produce
descarte. Mi posición, mi idea, mi proyecto se consolidan si soy capaz de
vencer al otro, de imponerme, de descartarlo. Así vamos construyendo una
cultura del descarte que hoy día ha tomado dimensiones mundiales de amplitud.
¿Eso es ser familia? En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos
trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo
sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo
familiar.
Las peleas de familia son reconciliaciones
después. Las alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos. ¡Eso sí
es ser familia!: si pudiéramos lograr poder ver al oponente político o al
vecino de casa con los mismos ojos que a los hijos, esposas, o esposos, padres
o madres, qué bueno sería. ¿Amamos nuestra sociedad o sigue siendo algo lejano,
algo anónimo, que no nos involucra, no nos mete, no nos compromete? ¿Amamos
nuestro país, la comunidad que estamos intentando construir? ¿La amamos sólo en
los conceptos disertados, en el mundo de las ideas? San Ignacio –permítanme el
aviso publicitario–, San Ignacio nos decía, en los ejercicios, que el amor se
muestra más en las obras que en las palabras.
¡Amémosla a la sociedad en las obras más que en
las palabras! En cada persona, en lo concreto, en la vida que compartimos. Y
además nos decía que el amor siempre se comunica, tiende a la comunicación,
nunca al aislamiento. Dos criterios que nos pueden ayudar a mirar la sociedad
con otros ojos. No solo a mirarla, a sentirla, a pensarla, a tocarla, a
amasarla.
A partir de este afecto, irán surgiendo gestos
sencillos que refuercen los vínculos personales. En varias ocasiones me he
referido a la importancia de la familia como célula de la sociedad. En el
ámbito familiar, las personas reciben los valores fundamentales del amor, la
fraternidad y el respeto mutuo, que se traducen en valores sociales esenciales,
y son la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad.
Entonces, partiendo de este ser de casa,
mirando la familia, pensemos en la sociedad a través de estos valores sociales
que mamamos en casa, en la familia: la gratuidad, la solidaridad y la
subsidiariedad.
La gratuidad: para los padres, todos sus hijos,
aunque cada uno tenga su propia índole, son igual de queribles. En
cambio, el niño, cuando se niega a compartir lo que recibe gratuitamente de
ellos, de los padres, rompe esta relación o entra en crisis, fenómeno más
común. Las primeras reacciones, que a veces suelen ser anteriores a la
autoconciencia de la madre, cuando la madre está embarazada, el chico empieza
con actitudes raras, empieza a querer romper, porque su psiquis le prende el
semáforo rojo: cuidado que hay competencia, cuidado que ya no sos el único.
Curioso. El amor de los padres lo ayuda a salir de su egoísmo para que aprenda
a convivir con el que viene y con los demás, que aprenda a ceder, para abrirse
al otro.
A mí me gusta preguntarle a los chicos: si tenés
2 caramelos y viene un amigo, ¿qué hacés? Generalmente, me dicen: "le doy
uno”. Generalmente. Y si tenés un caramelo y viene tu amigo, ¿qué haces? Ahí
dudan. Y van desde el "se lo doy”, "lo partimos”, al "me lo meto
en el bolsillo”. Ese chico que aprende a abrirse al otro, en el ámbito social,
esto supone asumir que la gratuidad no es complemento sino requisito necesario
para la justicia.
La gratuidad es requisito necesario para la justicia. Lo que
somos y tenemos nos ha sido confiado para ponerlo al servicio de los demás
–gratis lo recibimos, gratis lo damos–, nuestra tarea consiste en que
fructifique en obras de bien. Los bienes están destinados a todos, y aunque uno
ostente su propiedad, que es lícito, pesa sobre ellos una hipoteca social.
Siempre. Se supera así el concepto económico de justicia, basado en el
principio de compraventa, con el concepto de justicia social, que defiende el
derecho fundamental de la persona a una vida digna.
Y siguiendo con la justicia, la explotación de
los recursos naturales, tan abundantes en el Ecuador, no debe buscar beneficio
inmediato. Ser administradores de esta riqueza que hemos recibido nos
compromete con la sociedad en su conjunto y con las futuras generaciones, a las
que no podremos legar este patrimonio sin un adecuado cuidado del
medioambiente, sin una conciencia de gratuidad que brota de la contemplación
del mundo creado. Nos acompañan aquí hoy, hermanos de pueblos originarios
provenientes de la Amazonía ecuatoriana, esa zona es de las más ricas en
variedad de especies, en especies endémicas, poco frecuentes o con menor grado
de protección efectiva… Requiere un cuidado particular por su enorme
importancia para el ecosistema mundial (pues tiene) una biodiversidad con una
enorme complejidad, casi imposible de reconocer integralmente, pero cuando es
quemada, cuando es arrasada para desarrollar cultivos, en pocos años se pierden
innumerables especies, cuando no se convierten en áridos desiertos.
Y ahí Ecuador –junto a los otros países con
franjas amazónicas– tiene una oportunidad para ejercer la pedagogía de una
ecología integral. ¡Nosotros hemos recibido como herencia de nuestros padres el
mundo, pero también recordemos que lo hemos recibido como un préstamo de
nuestros hijos y de las generaciones futuras a las cuales lo tenemos que
devolver! Y mejorado. ¡Y esto es gratuidad!
De la fraternidad vivida en la familia, nace ese
segundo valor, la solidaridad en la sociedad, que no consiste únicamente en dar
al necesitado, sino en ser responsables los unos a los otros. Si vemos en el
otro a un hermano, nadie puede quedar excluido, nadie puede quedar apartado.
El Ecuador, como muchos pueblos
latinoamericanos, experimenta hoy profundos cambios sociales y culturales,
nuevos retos que requieren la participación de todos los actores sociales. La
migración, la concentración urbana, el consumismo, la crisis de la familia, la
falta de trabajo, las bolsas de pobreza producen incertidumbre y tensiones que
constituyen una amenaza a la convivencia social. Las normas y las leyes, así
como los proyectos de la comunidad civil, han de procurar la inclusión, abrir
espacios de diálogo, espacios de encuentro y así dejar en el doloroso recuerdo
cualquier tipo de represión, el control desmedido y la merma de libertades. La
esperanza de un futuro mejor pasa por ofrecer oportunidades reales a los
ciudadanos, especialmente a los jóvenes, creando empleo, con un crecimiento
económico que llegue a todos, y no se quede en las estadísticas
macroeconómicas. Crear un desarrollo sostenible que genere un tejido social firme
y bien cohesionado. Si no hay solidaridad esto es imposible.
Me referí a los jóvenes y me referí a la falta
de trabajo. Mundialmente es alarmante. Países europeos, que estaban en primera
línea hace décadas, hoy están sufriendo en la población juvenil –de 25
años hacia abajo– un 40%, un 50% de desocupación. Si no hay solidaridad eso no
se soluciona. Le decía a los salesianos: ustedes que Don Bosco los creo para
educar, hoy, educación de emergencia para esos jóvenes que no tienen trabajo.
¿Por qué? Emergencia para prepararlos a pequeños trabajos que le otorguen la
dignidad de poder llevar el pan a casa. A estos jóvenes desocupados que son los
que llamamos los que llamamos 'ni-ni', ni estudian, ni trabajan, qué horizontes
les queda. Las adicciones, la tristeza, la depresión, el suicidio. No se
publican íntegramente las estadísticas de suicidio juvenil o enrolarse en
proyectos de locura social, que al menos le presenten un ideal.
Hoy se nos pide cuidar, de manera especial, con
solidaridad, este tercer sector de exclusión de la cultura del descarte.
Primero son los chicos, porque o no se los quiere –hay países desarrollados que
tienen natalidad casi 0 por 100– o no se los quiere o se los asesina antes de
que nazcan. Después los ancianos que se los abandona y se los va dejando y se
olvidan que son la sabiduría y la memoria de su pueblo. Se lo descarta. Ahora
le tocó el turno a los jóvenes. ¿A quién le queda lugar? A los servidores del
egoísmo, del dios dinero que está al centro de un sistema que nos aplasta a todos.
Por último, el respeto del otro que se aprende
en la familia se traduce en el ámbito social en la subsidiariedad. O sea,
gratuidad, solidaridad, subsidiariedad. Asumir que nuestra opción no es
necesariamente la única legítima es un sano ejercicio de humildad. Al reconocer
lo bueno que hay en los demás, incluso con sus limitaciones, vemos la riqueza
que entraña la diversidad y el valor de la complementariedad. Los hombres, los
grupos tienen derecho a recorrer su camino, aunque esto a veces suponga cometer
errores. En el respeto de la libertad, la sociedad civil está llamada a
promover a cada persona y agente social para que pueda asumir su propio papel y
contribuir desde su especificidad al bien común.
El diálogo es necesario, es fundamental para
llegar a la verdad, que no puede ser impuesta, sino buscada con sinceridad y
espíritu crítico. En una democracia participativa, cada una de las fuerzas
sociales, los grupos indígenas, los afroecuatorianos, las mujeres, las
agrupaciones ciudadanas y cuantos trabajan por la comunidad en los servicios
públicos son protagonistas, son protagonistas imprescindibles en ese diálogo,
no son espectadores. Las paredes, patios y claustros de este lugar lo dicen con
mayor elocuencia: asentado sobre elementos de la cultura incaica y caranqui, la
belleza de sus proporciones y formas, el arrojo de sus diferentes estilos
combinados de modo notable, las obras de arte que reciben el nombre de
"escuela quiteña”, condensan un extenso diálogo, con aciertos y errores,
de la historia ecuatoriana.
El hoy está lleno de belleza, y si bien es
cierto que en el pasado ha habido torpezas y atropellos –¡cómo negarlo!,
incluso en nuestras historias personales, ¿cómo negarlo?– podemos afirmar que
la amalgama irradia tanta exuberancia que nos permite mirar el futuro con mucha
esperanza.
También la Iglesia quiere colaborar en la
búsqueda del bien común, desde sus actividades sociales, educativas,
promoviendo los valores éticos y espirituales, siendo un signo profético que
lleve un rayo de luz y esperanza a todos, especialmente a los más necesitados.
Muchos me preguntarán: Padre, ¿por qué habla tanto de los necesitados, de las
personas necesitadas, de las personas excluidas, de las personas al margen del
camino? Simplemente, porque esta realidad y la respuesta a esta realidad está
en el corazón del Evangelio. Y precisamente porque la actitud que tomemos
frente a esta realidad está inscrita en el protocolo sobre el cual seremos
juzgados, en Mateo 25.
Muchas gracias por estar aquí, por escucharme,
les pido por favor, que lleven mis palabras de aliento a los grupos que ustedes
representan en las diversas esferas sociales. Que el Señor conceda a la
sociedad civil que ustedes representan ser siempre ese ámbito adecuado donde se
viva en casa, donde se vivan estos valores de la gratuidad, de la solidaridad y
de la subsidiariedad. Muchas gracias.
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