martes, 25 de noviembre de 2014

La dignidad, el justo medio entre la banalidad y la seriedad.


Muchos hombres con la banalidad amorosa difunden un atractivo persuasor que, a muchas mujeres, estremece, entusiasma y las hace fantasear: proporcionándose a su vida la felicidad completa; y ese “amor a primera vista” fundamenta inspiraciones p
ara mantener la normal relación y fundamentar las atenciones de carácter serio para que cobre existencia la esperanza para comprometerse hasta que la muerte los separe; pero después de la luna de miel, por la banalidad de él y la seriedad de ella, en vez de luchar para alcanzar el noble amor se rinden a las diferencias y la violencia; la mayoría de los banales, optan por la separación para seguir con los banales amores y pocos, por el reconocimiento a la dignidad y a los derechos iguales para llegar al verdadero amor.


Un relato de mi observación personal de cómo curarse de la pandemia del divorcio.

Adoptando una figura primorosa me lanzaba a las conquistas amorosas: con el amor adorador, las trataba como a vírgenes; con el sentimental, como a princesas; con el fantasioso, como a reinas; con el amor loco, las ofrecía un mundo para los dos; con el romántico, las trataba como un caballero; con el amor ciego, las comprendía totalmente; y con el amor  sensual, les prometía la fusión en un solo ser.

Obteniendo un parecido de un “niño bien” con retoques que sirven de persuasores secretos para engañar, manifestaba un perfil con atractivo, prestigio, con sentimientos de superación y mérito, y, sobre todo, compatible en todo con la nueva mujer a ser conquistada.

Con la última conquistada, la compatibilidad era en todo, excepto en el amor sexual que para saber, si éramos compatibles tuve que comprometerme, frente al altar, con obligaciones, entre otras, ser fiel hasta que la muerte, proteger y cuidar en la salud como en la enfermedad, ejercer la autoridad en casa sin someterla y tratarla bien en la riqueza como en la pobreza...

Vivencias que resultaron, para mi flamante esposa, desde que nos conocimos hasta la tan ansiada intimidad, los maravillosos momentos que constituyeron los más estimulantes y excitantes de su vida.

Después de los maravillosos momentos desaparecieron los componentes embellecedores y poco a poco se extinguió el “niño bien”. Y en su verdadera naturalidad parecía a Adán, en la rendición de cuenta a Dios, culpando a Eva de lo sucedido: “--La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí.”

Parecíamos desconocidos reaccionando a nuestras condiciones y limitaciones de forma defensiva con los malos entendidos por interpretar de las mismas cosas de una manera  diferente; y cuando hicimos conciencia de nuestra relación los lazos espirituales de la amistad que nos unía estaban debilitados y las compatibilidades se transformaron en diferencias irreconciliables, entre otras, las siguientes:

La familia, la  de ella era buena y la mía, más o menos.
Los hijos, en lo bueno se parecían a ella y en lo malo, a mí.
Los amigos, los de ella eran sanos y los míos, viciosos.
La iglesia, la de ella se basa en los principios divinos y la mía en paganismos.
El trabajo, para ella bendición para mí, según ella, maldición.
El dinero, se debía manejar con mano dura, como lo hacía ella y no como yo, a mano suelta.
Los bienes, por la posición social, según ella, mantener en privado, y no como yo, públicamente para despertar la envidia en los...
Los lugares de recreación, para ella entretenimiento del modo sano y para mí, según ella, para el vicio.
El cónyuge, yo para ella su fatalidad y ella, para mí, según ella, una lotería gorda.


Las diferencias generadas, pese "al gran amor" impulsaron, aunque sin dejar del todo a un lado el cumplimiento de las obligaciones adquiridas, el ensayo de una práctica de directa y operativa aplicación “yo importo más” y aquel ensayo terminó con lo que quedaba del maravilloso momento que constituyó el más estimulante y excitante de la vida de mi esposa, ya que, mis miradas y sonrisas dejaron de acariciar su corazón, lo que yo sentía empobrecía la comprensión, el compartir mis sentimientos dejó de generar calor humano, la comunicación sin palabras se cayó, mis planes y éxitos ya no eran valorados, mis intentos de dar sin esperar nada a cambio se volvieron dudosos…

Analizando encontré que las oportunidades de desarrollo económico y social que ha tenido y tenía la familia habían sido neutralizadas por las serias limitaciones que el matrimonio lo estableció a través de las diferencias sobre la institucionalidad familiar y su economía; y, una vez, entendido el problema, como un conflicto conyugal, había que buscar la solución.

Y la primera solución que me apareció para el problema del conflicto conyugal fue el utilizar el poder de la palabra para hacer el bien, porque las palabras amables pueden animar, alimentar y enmendar los daños cometidos por los malos entendidos, pero, parecía mentira, las palabras para hacer el bien salidas de mi boca y dirigidas a mi esposa, en el pequeño recorrido cambian el poder y les llega palabras  para hacer daño que las tomaba como que yo pretendía manejarla y controlarla.

En vista de la incomprensión vino la violencia que por cualquier cosa que hacía sin consultar, era puesta bajo un temporal de críticas, amonestaciones y reprimendas; era atacada por sus deficiencias para restarle méritos a los resultados de sus funciones y menospreciarla; era rechazada por el comportamiento honesto, modesto y recatado con escándalos amedrentadores que debilitan, derrotan y aterrorizan; era agredida indirectamente al dar poca importancia y condenar su punto de vista, para frustrarla; era agredida directamente al culparla de las cosas mal hechas para confundirla y castigarla; era injuriada al subestimarla sus conocimientos, gustos y estilos, para hacerla sentir bruta e inculta; y cuando pisamos fondo,  sospeche que por aquel camino no iba a encontrar la solución al problema sino alimentando sus potenciales.


Y decidí cambiar mi orientación, antes que Dios me pregunte por mi esposa; como hizo con Caín, y este respondió: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?”; no vaya a recibir el castigo para mi alma asustada.

Aplicando la paciencia que lleva amabilidad con dulzura, amabilidad con servicio, amabilidad con buena disposición y amabilidad con iniciativa la escuchaba sus necesidades y, cuando existía un conflicto de necesidades y que requería ser resuelto, primero eran satisfechas las necesidades de ella.

Aplicando la bondad que lleva firmeza par perdonar en todo aquello que es capaz de ser y nos ayude a continuar con el mutuo reconocimiento de la dignidad y el reconocimiento de los derechos iguales, dado que, aprendí en las declaraciones de los Derechos Humanos que:
la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

Y, por último, me he propuesto aprender amar para cambiar a los banales amores por  los verdaderos.

¿Y qué es el verdadero amor?

El filósofo lo concibe no sólo como una relación personal específica, sino con una actitud peculiar del carácter maduro que se manifiesta en diversas formas: amor fraternal, materno, erótico, amor a uno mismo, amor a Dios… Erich Fromm, autor del librito, El arte de amar, parte de la premisa de que el amor no es un fenómeno accidental y mecánico que simplemente “se experimenta”. Es, por el contrario, es un arte, algo que requiere un aprendizaje.  

¿Y qué es el banal amor?

Son amores naturales venidos de la angustia, miedo, ambición, hostilidad, de los arranques de la altivez, del desenfreno de la violencia,  de los impulsos y arrebatos del cuerpo y de la mala educación que no permite concebirlos correctamente y se manifiestan como amor: adorador, sentimental, fantasioso, loco, romántico, ciego y sensual. Tobias Palacios. 



antasioso, loco, romántico, ciego y sensual. Tobias Palacios. 

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