Cuando era adolescente, una amiga madura, me confesó que ganas no le faltaban pero...
Y comenzó así:
En los tiempos próximos a la aparición de la televisión y a las comidas congeladas, lavadoras, secadoras, lavavajillas, cocinas eléctricas, microondas, acondicionadores de aire, estética artificial, lentes de contacto, tarjetas de crédito y los anticonceptivos, los hombres veían lucir su dicha con la “canita al aire”.
A los hombres no parecía preocuparles ser infieles. Engañaban a sus esposas porque eran guapos, porque les daba la
gana, porque andaban de farra con un amigo, porque en el mes le ha ido bien, porque la compañera le eligió a él, porque un compañero le presento y porque…
La amiga madura decía, para
un hombre, engañar a su mujer era la cosa más simple del mundo. Algo así como decir: Me tomo un cuba
libre o pongo cachos, Y si se decidía por lo segundo, con toda soltura y
después regresaba a la casa más vigorosos que antes, dos años más joven y
encantado de la vida. Cero culpa, cero complejos, cero problema. Una canita al
aire, un par de besitos sueltos, una noche de amor y ¡ya!, se acabo la
historia.
La infidelidad femenina, en cambio, no ha tenido nada de alegre ni de pasajero. Vaya una a saber por qué fuimos tan tontas, pero
lo cierto es que cuando una mujer engaña a su esposo, siempre hay una tragedia
atravesada: un matrimonio que se arrastra dolorosamente y se está hundiendo
hace diez años en el sopor de la rutina y la falta de pasión; un marido que le
ha puesto los cuernos tres veces por año, durante veinte años seguidos; la
soledad que empieza a sentirse cuando los hijos comienzan a partir de la casa…
¡Hasta el miedo a envejecer y no gustarle nunca más a nadie puede gatillar la
infidelidad femenina! Pero, ¿dónde se ha visto una mujer que engaña a su marido
por simplemente se le antoja, porque es bueno para el cutis, porque tiene una
tarde libre a la semana… o porque una amiga le presentó a un amigo y el amigo era estupendo?
Para nosotras, engañar
al marido no era de ninguna manera una cañita al aire ni un par de besitos
sueltos y ¡ya! Sino un enorme drama del cual salimos más nerviosas y más
tristes, por decir sólo eso, porque además de la tristeza, está el susto.
Sabíamos que si el
marido nos pillaba, más vale que nos pille confesadas, y que la sociedad, si llega a
enterarse del engaño al marido, nos señalaría con el dedo…El delincuente no será el
hombre con quien le engañamos, sino nosatras mismas. Lo de la alegre y
agradable “canita al aire” en Latinoamérica funcionaba únicamente y
exclusivamente para los hombres.
Y por último dijo la amiga madura: pero ahora con la igualdad; la infedelidad es como la ley del Talión: hacer sufrir al infiel un daño igual al que causó.
Y cuando le pregunté acerca de: "que ganas no le faltaban pero..."
Me respondió lo siguiente: __No hay con quien.
La amiga madura, murio fiel.
La fidelidad de las parejas es un tesoro...un tesoro igual de grande que el amor...el amor lo puede todo.
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