La frialdad humana, en un vuelo Miami New York, lo
estaba tomando como algo personal a la forma de comportarse de los pasajeros, iguales a mí, y
del servicio de las azafatas.
Con el desarrollo personal integral mi orientación productiva amorosa alcanzaba la dimensión debida para mirar fraternalmente a todo prójimo;
y, sin embargo, se estableció la intemperancia.
Sensación
activada por energía negativa; malos humores, resultados de los pareceres desfavorables
a los americanos, que incitaban a la imaginación creadora a armar un escenario escandaloso
por represalias a los yanquis presuntuosos.
La
imaginación creadora movilizó al reino animal que contaba con el poderío de las
facultades vegetativas, motrices y sensitivas para montar un puente con los
apetitos, que una al cuerpo y al ánimo, para impulsivamente mover a la voluntad
hacia la dulce venganza; y con ademanes obscenos insultarles a los pasajeros y servidores descorteses
y relumbrones.
El
reino racional alarmado por las imaginaciones de barbarie ultrajante a la
conciencia humana, con las facultades del intelecto y las de la voluntad, activó
a la razón y a los hábitos ordenados racionalmente para la subordinación firme del
reino animal a los principios racionales basados en los Derechos Humanos para el
reconocimiento de la dignidad y los derechos iguales de los demás.
De
tal tensión interna, la conciencia, tomó lectura del poderío de los reinos: del
reino animal, hizo conciencia que estaba casi, casi, en su estado natural dado
que la educación no lo ha pulido ni lo ha suavizado, y por tal estado, la intemperancia
fácilmente generaba turbaciones, y del reino racional, hizo conciencia que por
sus escasos principios y hábitos ordenados racionalmente a la prudencia le
hacía difícil manejar y superar los problemas causado por las turbaciones de
las pasiones y los deseos.
La
conciencia basada en los resultados: prudencia con su supremacía ligera por su moderación,
cautela, sensatez y buen juicio, no lograba una buena percepción de las
cualidades de las personas; y la intemperancia apenas desigual, por sus arranques
de altivez, impulsos, arrebatos y caprichos, daba cualidades impropias a las
personas, prescribió que la perfección del alma estaba en peligro.
De manera que, el reino
racional, para evitar los cargos de conciencia, mediante el espíritu armó un
puente y se conectó con la fuente de la unidad del proceso del mundo para recuperar
las facultades del alma: apetitivas, emocionales, sabias, imaginativas e
intencionales, y perfeccionarla mediante
el amor a Dios y el ejercicio del bien.
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