viernes, 11 de junio de 2010

Intentando salvar el matrimonio


Reflexión sobre la relación con mi esposa.

Para un comienzo bonito recordé las vivencias cuando fui impresionado por mi complemento y; con los componentes del seudoamor idolátrico, sentimental, fantasioso, romántico, loco, ciego y sensual; adopté una figura primorosa para lanzarme a la conquista.

De manera que, inicie con el seudoamor adorador, tratándola como a una virgen; con el sentimental, como una princesa; con el fantasioso, como a una reina; con el seudoamor loco, le proponía un mundo para los dos; con el romántico, me comportaba como un caballero; con el ciego, aceptaba todo; y con el seudoamor sensual, le prometía una intimidad que nos fusione en un solo ser.

Con el bien parecido de un “niño bien”, gracias a los componentes del seudoamor que hacen de persuasores ocultos, me veía con atractivo, prestigio, sentimientos de superación y mérito, y compatible en todo con ella.

Fue tanto la compatibilidad que me comprometí, frente al altar y de forma voluntaria y libre, con obligaciones, que por estar pensando en la intimidad, pasaron desapercibidas, entre otras, las siguientes: el ser fiel hasta que la muerte nos separe, proteger y cuidar en la salud como en la enfermedad, ejercer la autoridad en casa sin someterla y tratarla bien en la riqueza como en la pobreza...

Vivencias que resultaron, para mi flamante esposa, desde que nos conocimos hasta la tan ansiada intimidad, los maravillosos momentos que constituyeron los más estimulantes y excitantes de su vida.

Después del comienzo bonito continúe reflexionando.

Y recordé que la tan ansiada intimidad retiró los componentes persuasores ocultos (embellecedores) y poco a poco se extinguió el “niño bien”. Y en su verdadera naturalidad parecía Adán, en la rendición de cuenta a Dios, culpando a Eva de lo sucedido: “--La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí.”

Parecíamos desconocidos reaccionando a nuestras condiciones y limitaciones de forma defensiva con los malos entendidos, donde, interpretábamos de las mismas cosas de una manera diferente, y dejaron como resultado las viciosas diferencias, entre otras, las siguientes:

La familia, la de ella era buena y la mía, más o menos.
Los hijos, en lo bueno se parecen a ella y en lo malo, a mí.
Los amigos, los de ella eran sanos y los míos, viciosos.
La iglesia, la de ella se basa en los principios divinos y la mía en paganismos.
El trabajo, para ella bendición para mí, según ella, maldición.
El dinero, se debe manejar con mano dura, como lo hace ella y no como yo, a mano suelta.
Los bienes, por la posición social, según ella, mantener en privado, y no como yo, públicamente.
Los lugares de recreación, para ella entretenimiento del modo sano y para mí, según ella, para el vicio.
El cónyuge, yo para ella su fatalidad. Y ella, para mí, según ella, una lotería gorda.


Las diferencias generadas por el seudoamor impulsaron, aunque sin dejar del todo a un lado el cumplimiento de las obligaciones adquiridas, el ensayo de una práctica de directa y operativa aplicación “yo importo más” y aquel ensayo terminó con lo que quedaba del maravilloso momento que constituyó el más estimulante y excitante de la vida de mi esposa, ya que, mis miradas y sonrisas dejaron de acariciar su corazón, lo que yo sentía empobrecía la comprensión, el compartir mis sentimientos dejó de generar calor humano, la comunicación sin palabras se cayó, mis planes y éxitos ya no eran valorados, mis intentos de dar sin esperar nada a cambio se volvieron dudosos…

Para poner un final feliz a la reflexión.

A mis sesenta años y treinta y seis de matrimonio, dos hijas y tres nietitos, decidí cambiar y encontré la solución al problema __causado por el seudoamor__ del proceso generador de los componentes del amor pleno para ver lucir la dicha con una vida digna y con el desarrollo personal muy superior a los maravillosos momentos que constituyeron los más estimulantes y excitantes de la vida del enamoramiento.

Y sucedió cuando veía la película cristiana “A prueba de fuego”; que la vi más bien por compromiso que por interés, ya que, me invitó mi yerno Josué con mucha buena voluntad, donde el protagonista representaba al egoísmo. Pero al egoísmo parecido al de Jonás __ al de la ballena como dicen mis nietitos__. Jonás huyó de la misión que Dios le encargó, ya que, él, por ser hombre con un poderoso sentido del orden y de la ley, quería para los de Nínive castigo y no misericordia. De manera que, cuando Dios le encarga que vaya a persuadirlos para que se arrepientan a fin de perdonarlos, Jonás, sin entender el amor pleno de Dios hacia la humanidad, cree que mejor era abandonar la misión…

El protagonista cuando hace conciencia que estaba llevando su matrimonio a cuestas y arrastrando con un hilo, de forma egoísta ve que la culpa es de la esposa que, por darle demasiada atención a su madre enferma, descuida el cuidado de la casa y el de él. La madre del protagonista, intenta ayudarlo directamente pero, machistamente es rechaza, lo que hace que le ayude con la mediación de su esposo. Ayuda que consiste en hacer que siga una lista al pie de la letra durante cuarenta días a fin de que encuentre la solución al problema que desaceleró al proceso generador de ingredientes sustentadores de la buena relación con su esposa…

Cuando toma la decisión de aplicar los cuarenta días, se topa con pura pasión __no como la de Cristo pero bien sufrida__ y no para conquistar a la esposa sino para cambiar su orientación narcisista, ya que, experimentaba como real sólo lo que existe en su interior, mientras que los fenómenos del mundo exterior carecían de realidad de por sí y lo experimentaba sólo desde el punto de vista de su utilidad o peligro para él mismo. La única realidad existente era la que estaba dentro de él, la de sus temores y deseos. Veía el mundo exterior como símbolos de su mundo interior, como su creación.

Después de ver la película, di mis buenos pareceres y, vaya sorpresa, me regaló la película y el libro “El desafío del amor” con la fórmula breve y original “Atrévete amar”.

Al iniciar el libro, me sorprendió con aquello de que “El amor se apoya en dos pilares que lo definen a la perfección. Esos pilares son la paciencia y la bondad. Las otras características del amor son extensiones de estos atributos”.

Y decidí cambiar mi orientación, antes que Dios me pregunte por mi esposa; como hizo con Caín, y este respondió: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?”; no vaya a recibir el castigo para mi alma asustada.

Aplicando la paciencia; pero no esa paciencia donde se cuenta del uno al diez, sino la que lleva amabilidad con dulzura, amabilidad con servicio, amabilidad con buena disposición y amabilidad con iniciativa; escucharé sus necesidades y, si existe un conflicto de necesidades y que requiere ser resuelto, cambiaré mi conducta para satisfacer primero las necesidades de ella.

Aplicando la bondad; pero no con esa bondad de blandura y apacibilidad de genio, sino con la bondad que lleva firmeza; perdonaré en todo aquello que es capaz de ser y nos ayude a continuar con el mutuo reconocimiento de la dignidad y de los derechos iguales, dado que, este reconocimiento es la base de la Libertad, Justicia y Paz.

Con este plan de cambio y con el amor a Dios y el ejercicio del bien, va mejorando la relación con mi queridísima esposa mía, y aspiro terminar con las diferencias con la fuerza de los componentes del amor pleno: seguridad, orientación, sabiduría y poder, para librarme del divorcio __que actualmente es la pandemia social, y ver lucir mi dicha los años que me quedan.

Tobías Palacios R.

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